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martes, 9 de septiembre de 2008

José Mª Amigo Zamorano: Llanto por unos cachos de pan y queso

Después de una cena con sopa de pescado, chuletón con ensalada, mamiya que en castellano se dice cuajada y café, copa y puro que en Euskadi se dice café completo Joaquí y Pepe durmieron como obispos o como cerdos o como reyes.

A los animales mamíferos le da igual el nombre. Porque por la mañana, nada más despertarse, todos, sin haber puesto el pie en el suelo, si duermen en la cama y si no es igual, se desperezan, estiran brazos o patas y se acarician la barriga con amoroso agradecimiento. El día se abre sonriente a los seres que han sabido extraer el jugo de los buenos y abundantes alimentos.

Lo que menos esperaban ver Pepe y Joaquín, que el orden le es indiferente al caso que vamos a narrar brevemente, es la tristeza a la entrada de la aurora. Pero el dolor fuera de una barriga bien alimentada existe acompañada de angustia y llanto.
A veces ese sufrimiento es heredado y las lágrimas se presentan empujadas por el más leve acicate.

Aquella mañana, después del abundante ágape regado generosamente por vinos y licores, cuando ambos amigos y compañeros de trabajo entraron en la cocina para tomarse el desayuno encontraron a la dueña del piso, donde estaban a pensión, llorando. Un llanto amargo. Y los azulejosde la cocina parecían reflejar esa amargura.

-¿Qué le pasa señora Hortensia? ¿No habrá sido otra vez su hijo?

El hijo la traía a veces a mal traer y habían tenido que salir en su defensa; y es que era muy buena con ellos y los trataba como si fueran sus hijos.

-Nada, hijos, cosas mías. La culpa en este caso no la ha tenido mi hijo. La culpa la tienen este trozo de pan y este cacho de queso.

Se quedaron sorprendidos por tan extraña respuesta.

La señora Hortensia era una mujer pequeña, menuda, cara redondo con profundas arrugas, unos ojos negros hermosos como negros eran los vestidos con se cubría. Había emigrado desde Extremadura al País Vasco ya hacía quice años con su único hijo producto de su unión o casamiento con un mozo extremeño:

-El más guapo de La Serena, decía ella.

-Fue el único 'alfabeto' del pueblo del que no recuerdo el nombre, contaba otro emigrante extremeño.

Y añadía:

-Yo me alegro de no ser 'alfabeto' porque a todos ellos los mataron los franquistas.

Efectivamente, el marido de la señora Hortensia fue uno de los pocos jornaleros de su pueblo que sabía leer y escribir.

Cuando se sublevaron los militares facciosos en 1936 encabezó el comité que se formó para defender la República. Y, más tardé, se alistó en el ejército del Gobierno de la República con tan mala suerte que en el primer frente de guerra murió.

Esto les estaba contando, una vez más, a Joaquín y a Pepe.

Lo hacía con tanta viveza, los ojos hunedecidos por el llanto, que ellos estaban prendidos de sus palabras. Se maravillaban de su elocuencia porque sabían que, como la mayoría de las de su pueblo, les había dicho en numerosas ocasiones, era analfabeta. Lo mismo que se asombraban cuando les recitaba romances de una extensión considerable.

-Mi pueblo fue muy disputado.

La señora Hortensia les narraba los avatares que tuvo que sufrir con su familia. Iban paralelos al curso de la guerra: si el pueblo lo tomaban los enemigos de la República le quitaban todo, hasta la echaban de casa teniendo que vivir de la ayuda de los vecinos; si el pueblo volvía a estar en poder de la legalidad republicana la volvían a colocar en su casa con todas sus pertenencias; e incluso la homenajeaban desde el balcón del Ayuntamiento como la mujer de un héroe muerto en combate.

-Con el triunfo de los militares 'fachistas' me quedé sin nada. Viví muy malamente en una choza junto a mi padre. Él se fue haciendo viejo, es ley de vida, y ya los terratenientes no le daban trabajo. Pasaba hambre. Pasábamos hambre...

Su voz se le quebró en un solllozo.

-Mi padre murió pidiendo pan. Murió de hambre. Parece que lo estoy viendo...

Miró a la mesa y tocó el trozo de pan y el cacho de queso...

-Comprendan ustedes, hijos. He visto esta mañana que habían dejado estos trozos que les había dejado para cenar... Y he pensado en mi padre. No lo he podido remediar.

Se marcharon cabizbajos al trabajo. Comprendieron su dolor. Entendieron su mundo... que no era el de ellos... ¿O si?...

Como se ve, después de una cena con sopa de pescado, chuletón a la brasa, ensalada, mamiya que es como se dice en euskera cuajada y café completo que en realidad es café, copa y puro... puede ocurrir cualquier cosa.

miércoles, 16 de enero de 2008

José Mª Amigo Zamorano: Recordando a Baroja

Recordando a Baroja

El tiempo invernal ha llegado casi de repente. Ayer, mediados de noviembre, estábamos paseando por la Ciudad Ducal y subimos al Mirador de Eiffel, luego, a la vuelta, pasamos por la herida que, en el bosque de pinos de Las Navas del Marqués, abrió, por ahora hace un año, la usura inmobiliaria.
(Se nos olvidaba decir que este pueblo abulense, Las Navas del Marqués, tiene en su término municipal un barrio, La Ciudad Ducal, de ricos prohombres, comenzado a hacer en tiempos del dictador Franco. No son tan ricos, por ejemplo, como como los del barrio de La Moraleja, cerca de Madrid, ni tan bien situado; porque allí, en La Moraleja, los ricos, los patronos y otras gentes de 'bien vivir', tienen sus mansiones cerca de sus propiedades: fábricas, oficinas, bancos...; y de sus esclavos modernos, los asalariados, y en un santiamén pueden llegar rápidamente; y, si se les sublevaran, por un casual, llamarían a la policía antidisturbios para restablecer inmediatamente el orden clasista.)
(De modo que el barrio de ricos de La Ciudad Ducal, en Las Navas del Marqués 'Ávila', es inferior, en ese sentido, ya que está a unos cien kilómetros de la capital de España y allí no hay fábricas. Además, en medio del trayecto, se halla el puerto de la Cruz Verde, dificil de atravesar cuando las nevadas y los hielos arrecian. )
(Pero, eso si, son ricos también. Y saben esconderse de las miradas ajenas. Mires por donde mires el paisaje, subas a cerros, escales altos o te encumbres en atalayas no encuentras atisbos de este rincón, ni señal de que existe; a no ser que te des de bruces o te metas entre los pinos, entonces, si, vas viendo aparecer sus chalés. )
En el centro mismo se halla una torre, el Mirador de Eiffel en honor de su diseñador: el mismo que hizo la torre de París.
A ratos hacía calor y no presagiaba la ola de viento y nieve que, en estos momentos, contemplamos desde la ventana de nuestra casa.
Fuimos a enseñarle esa torre a nuestros parientes que nos habían venido a visitar desde Euskadi y, a la vuelta de ese paseo, como ya hemos dicho, acudimos a enseñarle el desastre ecológico que perpetraron entre un tal Palomo (empresario de Alicante) y el Ayuntamiento de las Navas. Fue un desaguisado famoso en toda España. El primer escándalo inmobiliario que se aireó. Luego, el resto de escandalosas corrupciones inmobiliarias, vino a rachas y luego en ráfagas constantes. Hasta hoy.
Rachas y ráfagas de viento que, hoy, traen, a las hojas amarillentas de los árboles, de un lado para otro, las levantan, las arremolinan, las amontonan en rincones o las estampan contra las paredes o los parabrisas de los coches.
Nuestros parientes se quedaron asombrados de la cantidad de pinos desaparecidos en solo tres días: 4 o 5.000. ¡Con que rapidez eran arrancados, desbrozados y cortados en trozos por las máquinas...! Y si no hubiera sido por algunos vecinos del pueblo, ecologistas, medios de comunicación y la justicia, hubieran seguido talando el pinar. Tenían el propósito de llegar, en poco tiempo, hasta 40.000. Es el cálculo de árboles que contiene esa zona del bosque navero donde pensaban hacer un campo de golf, miles de casas y un hotel.
Por el camino el sol calentaba. Un contraste de ayer a hoy tremendo. Las gentes pasan apresuradamente. Algunos corren. Todos se tapan la cara intentando que la nevisca no acaricie su rostro.
Luego los jueces ya no habrían podido arguir defensa de la flora o de la fauna porque habría desaparecido todo bicho viviente. Y es que el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León había prohibido realizar obra alguna en esa zona por ser ZEPA es decir zona protegida para la defensa del medio ambiente. ¡No eran tontos el Palomo y los dirigentes del ayuntamiento pepero de Las Navas del Marqués!
Ya muy de mañana el cielo apareció plomizo. A ratos nevaba. El suelo relucía. Brillo acerado de frío. Temperatura bajo cero. Todo ser vivo ha encajado el cambio como ha podido. Unos mejor y otros muy malamente.
Silver, nuestro gato, ha salido a la terraza y al poco arañaba la puerta para que le abriéramos. No he ha gustado el viento que venía del norte.
Hemos recordado, mirando por la ventana a esos que intentan refugiarse de esta ola helada, un escrito de Pío Baroja en el cual, de una manera descarnada, cruel, con una mezquidad sorprendente, se vanagloriaba del frío que estaban pasando los mendigos por la calle porque así se sentía él mucho más a gusto al calor de su casa. Nosotros... no sentimos ese placer, ese gozo. También es cierto que no somos eminentes. Ni famosos escritores. Ni hemos vivido ese tiempo suyo en el que, quizá, la miseria, la pobreza, el hambre, el frío, provocaran esa reacción de placentera complacencia. Estos son otros tiempos.
Con esto no queremos tapar las crueldades de la sociedad de principios del siglo XXI. No. Los seres sin techo, de cuando en cuando, aparecen ateridos de frío por las aceras. O muertos. Los hay. ¿Para qué negarlo? Sería como negar que hay ricos y pobres. Sería como negar que unos animales se zampan a otros o negar que continuamente hay personas y animales en el mundo que mueren.
Lo decimos porque no hace falta ser un genio para ver la realidad y reconocer que, en el mundo, hay seres que no tienen techo y mueren. Insistimos en ello para que no puedan motejarnos de paniaguados realizando panégiricos de esta mierda de monarquía, de esta democracia capitalista. No, en absoluto, la mierda es mierda y huele que apesta. Nuestros sentidos están para algo.
Lo mismo que nuestro gato sentía el frío. Lo sentimos nosotros. Eso si, reconocemos que no es lo mismo, no lo sentimos con la misma viveza que el que no encuentra algún hueco, resquicio, ventana, alero, agujero... en un día, como el de hoy, en la calle: el frío, dentro de casa, no es el mismo que fuera, a la intemperie.
Nuestros ojos no se engañan. Vemos a la gente andar deprisa, subirse las solapas de los abrigos, cuando los tienen, ponerse guantes, gorros. Otros ir de puerta en puerta, acurrucarse formando un ovillo. Como se ovillaba, por otra causa, llorando, a la puerta del chalé, ayer, aquel niño caprichoso porque quería que su padre le comprara un caballo. Y su padre le decía que no se lo podía comprar porque estaban cerradas las caballerizas.
No es nada extraño que alguien que tenga frío intente resguardarse de él. Pero en la calle uno nos ha llamado la atención y a nuestro Silver, también. Se para un momento, solo un segundo y se traslada a otro resquicio. Siempre indeciso. De modo que apenas aguanta tres segundos, y no llegan, para regresar al punto de partida.
Ha arreciado el viento. Las banderas ondean agitadas con fuerza. Y las ramas de los árboles se agitan violentamente. Ahora el viento trae la nieve que es como arenilla. Da en la cara de las gentes que transitan, ahí, en la calle y su rostro se retuerce de dolor. La llaman rabia. Efectivamente es rabiosa. Casi aulla como el viento. De gozo al morder la carne.
Seguimos el ajetreo de ese que intenta cogerse a una obrigada. Hemos mirado al principio con curiosidad, luego con cierta inquietud, para desembocar nuestro espíritu en una cierta angustia. No querríamos estar en su pellejo. En varios segundos había cambiado de aposento varias veces. Se le veía cansado. No el cansancio de esos, a los que vimos en el barrio lujoso de La Ciudad Ducal, que llegaban sudando de correr varios kilómetros, por puro deporte, con sus chandales multicolores, relucientes. Y con la toalla al cuello. Tampoco el cansancio, de los que venían en sus bicicletas, se parecía a este cansancio. Aquel era producto del placer y este una lucha por la supervivencia.
El el viento, racheado, aumentaba por momentos. Daba en los cristales de nuestra ventana haciéndolos temblar. El gato de la casa miraba asombrado lo que ocurría fuera. Los pocos que pasaban por la calle lo hacía deprisa, sin mirar a ese que se movía con más lentitud cada vez, aunque la distancia era de pocos metros. Incluso cuando era arrastrado por el viento quedaba como desmadejado. Se le agotaban las fuerzas por momentos.
¿Por qué no se habría ido con los demás?... ¿Qué le obligó a quedarse ahí enfrente?... ¿Pensaría que algún otro podía venir a rescatarlo? ¡Inocente! A nadie le importaba nada. Los únicos interesado por su ir y venir éramos nosotros. ¡Ah!, y un gato callejero que estaba cerca de una alcantarilla.
Volvimos a recordar a Baroja. Lo sentimos. No embargaba nuestro morral espiritual ningún sentimiento de bienestar, alegría o gozo o placer, esta contemplación del sufrimiento de un ser vivo. Qué se le va a hacer. ¡Ojalá fuéramos como él!
Al final hizo un último esfuerzo, levantó el vuelo hacia un ventanal apoyándose en el viento, pero, con tan mala suerte que lo lanzó de bruces contra el cristal, cayendo en la acera, lo que aprovechó el gato para avalanzarse sobre el pardal o gorrión, llevándoselo entre los dientes.
Aún aleteaba cuando el minino se metió en el agujero de la alcantarilla.
-"Así es la vida, Don Juan", decía Machado.
Y recordando a su amada, añadía:
-"Y lo que yo más quería el viento se lo llevó".

jueves, 28 de junio de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Ejemplos Ruborosos



Los ojos mas que las cabezas habían seguido el ir y venir de las modelos por la pasarela y sin querer, involuntariamente, se miraban.

Cerraron sus bocas al verse en los otros como en un espejo: Eran los vencedores escondiendo la podredumbre de sus fauces.

Las úlceras purulentas traicionaban las sonrisas de sus labios apretados. Esperaban impacientes: le tocaba el turno a la rojiza muñeca de uña de plastilina.

Mas que pintada se había embadurnado toda ella. Se miró en el espejo del camerino:

--Parezco un adefesio -dijo avergonzada sin poder contener su rabia.

Sonó el timbre y salió la garra encarnada a exhibirse. Fue muy aplaudida. Tenía que demostrar su fortaleza. Manifestación que era parte de su trabajo y, por qué no, de su ser interior.

Inició una uñarada brujeril a la dama gorda, y con cara amarillenta llena de verrugas como híspida cucurbitácea, que estaba situada en la primera fila.

Pero la señora le ganó por la mano hincándole las suyas llevando parte de la plastilina en ellas; y, no contenta con esto, le pegó un empujón a la muñeca que la tiró escaleras abajo rebotando en los peldaños de la escalinata, a carcajada limpiamente sucia, por parte de los expectantes vencedores, hasta quedar caída en posición vergonzosa.

La podre les caía de sus bocas abiertas salpicándose unos a otros. Se les cayó la vergüenza con el hilo de baba.

Sangró carmín la muñeca por el dedo fofo y hueco. Vuelta al camerino llorando dejó huella de su enfado clavando un feroz e impotente manchón de oropel sobre el diamante puro de sangre embadurnado. Era clara, nítida, la diferencia de color. Se le rompió el dedo en el intento y fue inmediatamente despedida.

--Te cae bien, por estúpida -descubrió enrojeciendo delante del espejo.

--Es el rosicler, oriflama que cabalga en el viento a lomos del gran teatro trágico y grotesco del mundo, un poderoso dios omnipresente, espejo y reflejo, al parecer, invencible... -continuó.

--¿Grandioso o mezquino? -alguien preguntó muy interesado:

--Nunca de aquellos que fueron carne ni pescado, "ni agradables a Dios, ni a sus contrarios esos que no estuvieron nunca vivos" -responde uno muy épico.

--Enrojece su faz con la envidiosa uña; o dulcifica su semblante riéndose del sanguinolento carmín de la muñeca -intervino el maestro.

--Fortalece o endurece su ser con el abismo o el espanto, con el atroz asesinato o la salvaje violación -especuló el rebelde, violentamente y con indisimuladas ganas de tener una bomba en sus manos y no de adorno.

--No esconde, cobarde, su agreste y ultriz naturaleza, invita con sencillez al movimiento para quebrar los espejos oscuros por donde asoma el asco y mellar o torcer los cuchillos en los que brilla el odio -fue el comentario final del objetivo; si bien, pensando, nada mas pronunciadas, que, quizás, las últimas palabras no fueran, mas que una solemne y hermosa bobada.

--Ejem: un pimpollo, si, pero estúpido.

Empero... ¿qué le iba hacer si ya las había pronunciado?...

CONCLUSIÓN

Hay que reconocer el rosicler del tiempo. Odio y uña, muñeca y asco, etcétera, son su elemento o príapo engendrador: (su primera materia procesada): indicio de su fina y firme distinción entre (es un ejemplo), por ejemplo: diamante y oropel, sangre y carmín.


Es un logro y hay que estar orgulloso del fruto conseguido.
Sea así hasta la muerte, amén.

domingo, 6 de mayo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Luces y Sombras



Luces y sombras


No entraba con buen pie en Hervás. La pesadilla le había dejado anonadado, desconcertado y con un horrible ardor de estomago que le provocó nauseas y un humor de mil diablos.

La caminata hasta el hotel no disminuyó su disgusto.

Se quedó mirando el edificio de cuatro plantas, moderno, mas ancho que alto, que se le aparecía ante él del otro lado de la acera.

-- De modo que esto es el "Hostal Sinagoga"-- murmuró defraudado agriándosele un poco mas el estómago y el temperamento.

Nada tenía contra el establecimiento, simplemente esperaba encontrar en Hervás, villa famosísima de la provincia de Cáceres, otro estilo; no sabría decir cual, pero algo de mayor raigambre: una bocanada de historia añeja, por ejemplo.

-- Razón de mas para largarme cagando hostias a Nueva York - musitó cabreado.

No tenía que haber ido a aquel pueblo. Pero se lo había prometido.

-- Pregunta en el hotel cuando llegues. No se te olvide. - había insistido con ese "tierno" "hechizo" de las hembras judías.

Atravesó la calzada y penetró en el hotel, con la acerba remembranza de la pesadilla guerrera.

-- ¿Me atiende, por favor? Quisiera una habitación.

El empleado del hotel "Sinagoga" alzó la vista contemplando delante de sus ojos un rostro ceñudo, de piel blanca casi amarillenta, negra barba y con cicatrices en la cabeza.

-- Si señor; ¿la desea con vista a la sierra?

-- ¿Con vistas a la sierra?... está bien -- y mostrando el carné dijo -- Me llamo León Saldaviel Anqaua. ¿Podría decirme si he recibido carta a mi nombre?.

Se dio la vuelta el ujier y tras mirar la correspondencia colocada en un casillero contestó moviendo negativamente la cabeza.

-- ¡Oiga! ¿Es Ud. judío?... sino es una impertinencia, claro.

-- ¿En qué se me nota? ¿En mis corvas, ganchudas y afiladas narices? -- contestó preguntando de mal talante.

-- No se ponga así: no he querido molestarle.

El recepcionista le pidió perdón; luego alargándole la mano, muy serio, le entregó las llaves indicándole la ubicación exacta de la habitación para quedarse luego mudo y avergonzado.

Mientras subía las escaleras oye como el ujier dice a alguien "¡Qué carácter!" y el otro, quien fuera, pregunta "¿Ha dicho Saldaviel Anqaua?"; "Si, eso ha dicho".

Abrió la puerta del apartamento. La luz penetraba a raudales por las ventanas lo que le hizo cerrar un momento los ojos. Al fondo, tras los cristales, efectivamente, la sierra se perfilaba con sus picachos agrios y rebeldes como su temperamento. Apartó la vista de los ventanales. No estaba especialmente sensibilizado para arrobarse con la contemplación serrana. Sara había olvidado la promesa de escribirle.

Se mesó las barbas y cabellos con rabia y se tumbó en la cama todo lo largo que era.

Cerró los ojos.

El cansancio, a pesar del disgusto, le empuja poco a poco en brazos de Morfeo con el recuerdo de su prima y todo: el tren se alejaba de la estación parisina; la figura de Sara se empequeñecía despidiéndolo con el balanceo de su brazo en alto; y cuanto mas pequeña se hacía mas aumentaba la entrañable significación de su comportamiento abnegado: ha llevado su recuerdo, todos los días y todas las horas desde que saliera de París.

Y con sentimientos contrapuestos: si unas veces la ternura le invadía durante horas, otras le venía a torturar su torpe y grosero comportamiento con ella; así por ejemplo: en la estación no pudo por menos de abrazarla produciendo el indignado enrojecimiento de su rostro; fue un impulso puro, lo juraba, de espontaneo agradecimiento que no pudo contener, se lo repetía una y otra vez, ante la "doliente", "peculiar ternura" que irradiaba de su faz y que "hechizó su corazón"; fue muy torpe, lo reconocía, pero no en vano cuidó de él limpiando vómitos, cambiando vendas, limpiándole la pus de las heridas ...

martes, 10 de abril de 2007

MANUEL de la ESCALERA: 'Tercera Balada de la Cárcel de Burgos', relato carcelario (1)

2. Tercera balada de la cárcel de Burgos

por Manuel de la Escalera


Las losas son de cemento tipo Pórtland. Su superficie no es lisa. Hallándose aun fresco el cemento se pasó sobre él un rodillo con dientecillos metálicos. No están colocadas a nivel. Cu7atro sumideros ocupan el centro de cuatro cuadriláteros secundarios, los cuales forman, en conjunto, el gran cuadrilátero del patio, que mide 69 por 57 metros.

Los ejes de losas a nivel que, formando una cruz, parten de los puntos medios de los cuatro lados, se hallan 20 cms. más altas que dichos sumideros, de modo que, entre los brazos de la cruz, cuatro depresiones en forma de cubeta piramidal, en cuyo fondo está la losa a nivel donde se abren las ranuras del sumidero. Has este corren las aguas de la lluvia, del deshielo y del baldeo por una pendiente de dos grados.

Aunque este desnivel resulta apenas perceptible a la vista, tiene gran importancia para quienes han de pisar las losas diariamente durante años y años.

El patio consta de 6.587 losas. Las 153 de los ejes a nivel miden 60 x70 cms. Las 12 que van en declive, desde cada uno de los vértices del cuadrilátero secundario hasta el centro de este, es decir, hasta los sumideros 1’20x1’00. Las que forman un par de caras contrapuestas de cada cubeta piramidal, 65 cms. en cuadro. Las de sus otras dos caras son paralelográmicas y, cuando se hallan cortadas por las susodichas diagonales adquieren formas trapezoidales muy diversas y muy difíciles de medir. Esto mismo ocurre con algunas de las losas laterales. Las cuatro donde se abren los cuatro sumideros, son de forma hexagonal, y la situada en el centro del patio, en el cruce de los dos ejes, allí donde está el acceso a la gran atarjea de la prisión –con un sifón y dos rejas en su recorrido para imposibilitar al fuga- mide 2’80 metros, tanto de alto como de largo y tiene forma de cruz griega reforzada en el centro.

Todas las losas están separadas entre si por ranuras de 3 cms., las cuales no tiene solo una finalidad perspectiva e imitativa, sino que sirven para evitar que el cemento se agriete con las contracciones y dilataciones causadas por los cambios del tiempo y de temperatura. En realidad no son ranuras auténticas, como las que separan unas a otras a las losas de piedras, sino incisiones superficiales. Si miramos el suelo del patio desde sus lados más largos, estas ranuras quedan situadas al tresbolillo, salvo aquellas de las diagonales de los cuadriláteros secundarios, donde, por estar sesgadas las losas, sus ranuras, son paralelas y equidistantes entre si, como los tramos de una escalera, pero sesgadas con relación a las demás.

Entre las ranuras de las losas crecen musgos, hierbecillas y alguna que otra florecilla silvestre.

Manuel de la Escalera

TODOS LOS TEXTOS RELACIONADOS CON MANUEL DE LA ESCALERA ESTÁN EN LAS PÁGINAS 20 y 21 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, NÚMERO 8 DE JULIO DEL 2.000

MANUEL de la ESCALERA: 'Alba Diferida', relato (1)


1. Alba Diferida
Manuel de la Escalera

Todo esto vino de la guerra. Las guerras son siempre cosas de viejos. Pasan las horas hablando de las batallas, echándose unos a otros la culpa de la sangre derramada. Pero yo no hice la guerra. Ni la guerra ni nada. Entonces era sólo un niño que, con otros, palmoteaba cuando los pájaros de fuego dejaban caer sus huevos en el desierto. Bajaban silbando como serpientes aladas y trazando una curva como la meada de un chiquillo. Al tocar el suelo hacían brotar palmeras de arena entre humo y llamas. ¿Cómo no aplaudir? Pero nuestros padres nos maldecían y nos pegaban. Un día nuestra casa de crin ardió bajo el fuego del cielo y nuestros padres quedaron muertos junto a una camella desventrada, de cuyo cuerpo manaba sangre, agua y elche. Aischa y yo nos conocimos en un asilo, una cárcel cristiana para niños, y, por encima de la valla que nos separaba, cambiamos dátiles y besos. Decidimos fugarnos.


Manuel de la Escalera


(página 20 de la revista 'Caminar Conociendo', número 8 de julio de 2.000)

viernes, 23 de febrero de 2007

Carlos Segovia: 'Receta Médica (para vivir)'

RECETA MÉDICA (para vivir)

Por Carlos Segovia (*)


Exponemos a continuación una breve prescripción médica del tratamiento más adecuado para combatir una serie de afecciones comunes, aunque no por ello menos graves, como pueden ser fracturas de cariño, hemorragias del alma, afecciones víricas asociadas a desengaños, estados febriles y patologías de la nostalgia (en distintos grados; a saber: recuerdos ad extemporáneam, recuerdos inter-temporus y recuerdos in tempore.
Todas son dolencias ciertamente preocupantes y, todos ellas carecen de una terapia plenamente eficaz en la medida de nuestras posibilidades trataremos de ayudar exponiendo una serie de consejos altamente beneficiosos.
Es conveniente llorar tres veces al día, después de cada comida, durante cinco minutos, entrar dentro del laberinto que forman las lágrimas en las mejillas y perdernos dentro de él. Secar las lágrimas con las manos, para sentirlas al tacto, calientes y afiladas, como los ciegos sienten las lágrimas de sus ojos ciegos. Si no sale una lágrima de sal, dura y seca, no debemos alarmarnos, es un buen síntoma, guardarla como amuleto para un día que vayamos al bingo. El llanto es una de las mejores terapias pero, como en todo, no es bueno abusar porque cabe el peligro de la adición crónica y supondría un grave riesgo para la felicidad posterior.
Si padecemos alguna dolencia producida por recuerdos inter-temporus debemos, tras el llanto, apretarnos el corazón con las manos, como una esponja, para expulsar aquellos residuos perjudiciales que se acumulan allí, como alcohol, nicotina, sangre coagulada o soledad, así como la arena que producen ese tipo de recuerdos y que arañan las entrañas mientras dormimos. En otros casos es, también, recomendable morir un poco, especialmente indicado para el tratamiento de los recuerdos in tempore (los más actuales).
Para ello, buscaremos, primeramente, un lugar adecuado: una alcoba antigua y fresca, la ladera de una montaña, o las alas de una gaviota en su vuelo rápido y detenido. Es preferible morir por la tarde, pero ¡cuidado!, solo un poco. Si la tarde es lluviosa podemos hacernos pequeños, pequeños como la lluvia y derramarnos sobre el suelo, derramarnos sobre las mariposas, sobre el mar, sobre nuestros propios ojos para formar el llanto que guardaremos en silencio. Si la tarde es de sangre, de calor, de plomo, intentaremos volar entre la soledad de bronce donde habitan los sueños, cerca del latido tenue de nuestra madre que es el mismo que el nuestro. Tras este ejercicio sentiremos un leve entumecimiento de la laringe que nos provocará una momentánea afonía. En tal caso simplemente intentaremos gritas varias veces la palabra ¡lobado!, al tercer o cuarto grito habremos recuperado la voz. Pero, insistimos, no es recomendable morir más de diez minutos, porque podría tener consecuencias irreversibles y nos impediría el ser felices pro anda, lo que constituye la máxima de la medicina.
Hay algunas veces que sentimos los ojos machados de atardecer, como la vida de un solo color, para ello ayuda un pequeño ejercicio de búsqueda intra-natura, que consiste en bajar los párpados manteniendo los ojos completamente abiertos, para que la luz ilumine nuestro interior buscando arañas azules, caballitos de balancín, risas olvidadas, abrazos envueltos en papel de regalo o cualquier otro tipo de ensueño. Este ejercicio está especialmente indicado para infecciones producidas por virus de los tipos D y T (Desamor y Tristezas varias), que siempre van acompañados de síntomas muy definitorios como insomnio, hablar solos, e insuficiencia respiratoria (comúnmente conocida como ‘ahogos’). Ante estos cuadros víricos prescribimos purgas de consuelo (realizadas preferentemente por profesionales), amor de agua y procurar comer siempre acompañado.
En las temporadas de frío, cuando el viento derrota hojas y silencios, es frecuente acatarrarnos de nostalgias. Para prevenirlo debemos llevar una dieta rica en luz, en cielo y en vitaminas. Las personas contagiadas que padecen, además, alguna otra afección que pueda agravar su estado, es conveniente que acudan a la consulta de algún ángel, que, al contrario de los rumores, si existen. Debemos buscarlos bien, porque no los percibimos a primera vista, ya que no tiene alas, y si tiene sexo, y muchas veces llevan una vida tan ordinaria, sorda y desangrada como la nuestra. Su experiencia y competencia nos ayudará a una pronta recuperación.
Pero hemos de concluir que todas estas premisas en muchas ocasiones no resultan plenamente eficaces.
Así ocurre en momentos en que nos duele todo: duele la cicatriz de crecer, duele la sombra, duele la espera (siempre mejor que la llegada), escuecen los labios sin ser besados. Duele el día, duele el viento que nos abriga de frío y oscuridad, duele la tierra, duelen los años blandos y arrugados como la piel. Duela la carta que todavía no hemos escrito, duelen las manos de tanto amar- entonces debemos más que nunca necesitarnos como a nuestra propia vida, porque en definitiva ‘no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad’, y entre tanto solo nos queda intentar ser felices por nada, a pesar de estos tiempos tan propicios al dolor.


Carlos Segovia, navero, del Consejo de Redacción de la revista, es licenciado en Derecho.

(Páginas 28-29 de la revista ‘Caminar Conociendo’, nº. 8 de julio del 2.000)

jueves, 22 de febrero de 2007

María Mateos Soriano: 'Las lentes del tiempo'

por María Mateos Soriano

Él, a través de la observación de la luna y las estrellas, creía vislumbrar la matemática perfecta que esconde el universo.

Ella, miraba tras un espejo el reflejo de los astros, donde no encontraba razón sino imaginación, pues cada uno de ellos era un sueño distinto que enredaba sin complejos lo perfecto y lo imperfecto, por lo que tenía tanta emoción.

Su hijo les atribuía la vida que merecen, eran compañeras en sus juegos; y ante el temor de que un ladrón le robara sus estrellas, durante el día guardaba en su cajón sus mejores aliadas, que callaban sus secretos, a pesar de que, mamá les preguntase cada noche y papá dirigiese su alineación.

Habiendo caminado por un tiempo líneal, la madre ya hablaba al hijo dirigiéndose hacia un hombre, puesto que había perdido la liberación de volar con las estrellas, vivir cada día en un planeta y servirse como vehículo del polvo de la luz del sol.

Hoy, el hijo viaja en el vagón del tren que le conduzca hacia la cumbre y sueña con que nos deslumbre su parásita ambición. Las estrellas son distintas, ya no pueden ser amigas; hoy, solo llama compañero a la bestia que le mata: 'Don Dinero'.

María Mateos Soriano

'Caminar conociendo', página 31, nº 8

Zarathustra en Lacimurga camino de las Hespérides

Templo del Fuego en Irán
Zarathustra en Lacimurga camino de las Hespérides

(Dedicado a Saeid Hooshangui)

Por Antonio Escudero




Zarathustra, el del enigmático nombre, el Reformador y el Maestro, soñó que ya había penetrado en el secreto de los pueblos y quiso conocer los del Poniente, las tierras legendarias de las Hespérides. Llevado de la clave de su pensamiento, la oposición de los grandes principios, quiso saber dónde se hallaba, y si acaso existía la Fuente de la Vida. Le dijeron que se hallaba en Lacimurga, antepuerta de Tartesos la lejana, e inició la peregrinación con sus compañeros montado en un onagro blanco, embridado por una cinta dorada. Llegados a Lacimurga, fueron conducidos a la entrada de una gruta.
Zarathustra y los suyos emprendieron la exploración de las entrañas de la cueva provistos de antorchas. Pronto se sintieron los fieles del elegido de Aura Mazda, sorprendidos y atraídos por el fulgor que desprendían las paredes de la gruta, y al darse cuenta de que eran piedras preciosas se detuvieron a cogerlas y llenaron con ellas sus talegas. Fue así como se perdieron, pues su única salvación era seguir la luz que provenía del exterior, por lo que retrocedieron, y al salir comprobaron que no habían encontrado la fuente.
Zarathustra, en cambio, siguió adelante solo y llegó al final del laberinto. Al salir se halló en una verde pradera en cuyo frente una fuente vertía sus aguas de maravillosa transparencia en una alberca. Y al caer, el rumor del agua era melodioso como un salmo. Junto a la fuente, ofrecía su boca sombreada un cántaro de barro invitando a beber. Zarathustra lo llenó hasta sus bodes y cuando iba a llevárselo a sus labios un anciano detuvo sus brazos diciendo:
-¡No bebas, Maestro!; no bebas.
-¿Por qué no he de hacerlo. Acaso no es ésta el agua de nunca morir? No es buena muerte, ni perecer para siempre cayendo en los dominios de Arimán. Dime, ¿es ésta el agua de la vida inacabable?
-Sí, ella tiene la virtud de volverte inmortal, pero debes no beberla.
-Dime por qué.
-Yo la bebí hace siglos, Maestro de los Hombres, y no he muerto.
-Entonces es verdad que quien la beba hallará la vida eterna…
-Sí, es cierto. Pero yo bien no querría haberla bebido.
-¿Por qué, pues?
-Porque he visto morir a todos los que iba queriendo y me querían… Padres, hermanos, mujeres, hijos y amigos me pesan como una cadena que arrastro. ¿Para qué quiero yo la eternidad si nadie me conoce? La eternidad que pertenece al Solitario del Sinaí, sea bendito su Nombre, a quien sirvo. Los demás dioses son mentidos, creados por la angustia de los hombres necesitados de consuelo.
Comprendió Zarathustra la tristeza del anciano y la imperiosa necesidad de la muerte, y tras reemprender viaje camino de las Hespérides, la de los áureos frutos, arrojó con decisión el cántaro y allí donde el agua formó pequeño charco brotó un olivo que permanece en pie y cobija bajo su copa a los nietos de los nietos de los viejos seguidores del sabio y Maestro, que a su sombra escuchan de continuo esta misma historia de los labios de un anciano judío.

Antonio Escudero Ríos es investigador

'Caminar Conociendo', página 36 del nº 8 de julio de 2.000

viernes, 12 de enero de 2007

UN NAUFRAGO: LUIS MATEO DÍEZ

UN NÁUFRAGO

No puedo recordar la primera mañana de la Plaza, aunque recuerdo el mes y el año de mi llegada: abril, setenta y cuatro.
Reconocer la misma luz de los abriles posteriores, inventar un recuerdo para darle certeza a aquella mañana, no debiera costarme mucho trabajo, pero no me apetece.
Hay un náufrago en el vacío de aquellos primeros días, de aquellas mañanas que inauguran mi vida en la Plaza, y es suficiente su memoria, porque él es más importante que el tiempo más o menos deteriorado de lo que podía ser una primavera en ciernes.
El náufrago se llamaba Ángel Rodal, tenía una edad indeterminada, lo que quiere decir que era dueño de ese tiempo de los náufragos que amontona la supervivencia sin escindir los días de las noches, lo que explica que los ojos y las barbas de los náufragos miren y crezcan sin horizonte ni medida.
Ángel había naufragado en la Plaza desde la distancia de una larguísima navegación, entre trenes nocturnos, autocares de rutas inhóspitas, y el compadreo misericordioso de algunos camioneros.
Como todo náufrago cabal, ya no tenía conciencia de su origen, de la confabulación de todos los viajes que auspiciaban su aventura o su lucha por la vida, sólo tenía conciencia de su naufragio, y el pálido recuerdo que orientaba una incierta emoción de lejanías geográficas y familiares, imposibles de dirimir.
Para Ángel Rodal el naufragio, la pérdida del destino y de las ganas de seguir navegando, tenía algo de ensueño que venía a culminar la conciencia de su propia perdición.
Llegó a la Plaza, en alguna de aquellas primeras mañanas de mi primer abril, y fue la primera persona que yo conocí en ella, a la vera de la estatua de don Felipe III.
“Una buena Plaza como esta, dijo cuando tomamos el primer café, es un seguro de vida en este mar impío donde estamos los que ya no tenemos nada”.
Ese seguro es el que, tantos años después, alienta mi sensación de que cuando más peligro corro en mi existencia es cuando no estoy en la Plaza, una sensación que poco a poco ha ido convirtiendo en vicio la necesidad de estar ella.
“Mírala, decía Ángel cuando salíamos a su centro, al pie de la estatua, y encendía el pitillo, amplia y acogedora, refugio y destino”.
Refugio y destino, fueron palabras que me resbalaron en aquel momento, pero más tarde comenzaron a obsesionarme. Para Ángel me parecieron tan misteriosas como acertadas, a fin de cuentas él mismo resultaba bastante misterioso. Yo no les encontraba sentido en mi vida pero, ya digo, no tardaron mucho en obsesionarme, dada la capacidad obsesiva de que siempre hice gala y que tanto preocupa a mi familia.
Parecía lógico que Ángel Rodal falleciera en la Plaza. No tardó en confesarme la enfermedad que padecía, algo que derivaba del pulmón averiado de sus tiempos de minero, aunque no era silicótico. Aquella idea de refugio y destino auspiciaba un final en sus tan queridos soportales. El caso es que no fue así. Lo hizo en el Albergue Municipal.
Heredé su condición de náufrago, porque recordarle es asumir sin remisión esa herencia y, aunque mi destino en la Plaza es laboral, no logro evitar el refugio. Cada mañana vengo con inquietud, en ella encuentro el sosiego necesario y, según va pasando el tiempo, más trabajo me cuesta dejarla para volver a casa.

Luis Mateo Díez
(Este texto pertenece al libro inédito “BALCÓN de PIEDRA”)