domingo, 6 de mayo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Luces y Sombras



Luces y sombras


No entraba con buen pie en Hervás. La pesadilla le había dejado anonadado, desconcertado y con un horrible ardor de estomago que le provocó nauseas y un humor de mil diablos.

La caminata hasta el hotel no disminuyó su disgusto.

Se quedó mirando el edificio de cuatro plantas, moderno, mas ancho que alto, que se le aparecía ante él del otro lado de la acera.

-- De modo que esto es el "Hostal Sinagoga"-- murmuró defraudado agriándosele un poco mas el estómago y el temperamento.

Nada tenía contra el establecimiento, simplemente esperaba encontrar en Hervás, villa famosísima de la provincia de Cáceres, otro estilo; no sabría decir cual, pero algo de mayor raigambre: una bocanada de historia añeja, por ejemplo.

-- Razón de mas para largarme cagando hostias a Nueva York - musitó cabreado.

No tenía que haber ido a aquel pueblo. Pero se lo había prometido.

-- Pregunta en el hotel cuando llegues. No se te olvide. - había insistido con ese "tierno" "hechizo" de las hembras judías.

Atravesó la calzada y penetró en el hotel, con la acerba remembranza de la pesadilla guerrera.

-- ¿Me atiende, por favor? Quisiera una habitación.

El empleado del hotel "Sinagoga" alzó la vista contemplando delante de sus ojos un rostro ceñudo, de piel blanca casi amarillenta, negra barba y con cicatrices en la cabeza.

-- Si señor; ¿la desea con vista a la sierra?

-- ¿Con vistas a la sierra?... está bien -- y mostrando el carné dijo -- Me llamo León Saldaviel Anqaua. ¿Podría decirme si he recibido carta a mi nombre?.

Se dio la vuelta el ujier y tras mirar la correspondencia colocada en un casillero contestó moviendo negativamente la cabeza.

-- ¡Oiga! ¿Es Ud. judío?... sino es una impertinencia, claro.

-- ¿En qué se me nota? ¿En mis corvas, ganchudas y afiladas narices? -- contestó preguntando de mal talante.

-- No se ponga así: no he querido molestarle.

El recepcionista le pidió perdón; luego alargándole la mano, muy serio, le entregó las llaves indicándole la ubicación exacta de la habitación para quedarse luego mudo y avergonzado.

Mientras subía las escaleras oye como el ujier dice a alguien "¡Qué carácter!" y el otro, quien fuera, pregunta "¿Ha dicho Saldaviel Anqaua?"; "Si, eso ha dicho".

Abrió la puerta del apartamento. La luz penetraba a raudales por las ventanas lo que le hizo cerrar un momento los ojos. Al fondo, tras los cristales, efectivamente, la sierra se perfilaba con sus picachos agrios y rebeldes como su temperamento. Apartó la vista de los ventanales. No estaba especialmente sensibilizado para arrobarse con la contemplación serrana. Sara había olvidado la promesa de escribirle.

Se mesó las barbas y cabellos con rabia y se tumbó en la cama todo lo largo que era.

Cerró los ojos.

El cansancio, a pesar del disgusto, le empuja poco a poco en brazos de Morfeo con el recuerdo de su prima y todo: el tren se alejaba de la estación parisina; la figura de Sara se empequeñecía despidiéndolo con el balanceo de su brazo en alto; y cuanto mas pequeña se hacía mas aumentaba la entrañable significación de su comportamiento abnegado: ha llevado su recuerdo, todos los días y todas las horas desde que saliera de París.

Y con sentimientos contrapuestos: si unas veces la ternura le invadía durante horas, otras le venía a torturar su torpe y grosero comportamiento con ella; así por ejemplo: en la estación no pudo por menos de abrazarla produciendo el indignado enrojecimiento de su rostro; fue un impulso puro, lo juraba, de espontaneo agradecimiento que no pudo contener, se lo repetía una y otra vez, ante la "doliente", "peculiar ternura" que irradiaba de su faz y que "hechizó su corazón"; fue muy torpe, lo reconocía, pero no en vano cuidó de él limpiando vómitos, cambiando vendas, limpiándole la pus de las heridas ...