viernes, 12 de enero de 2007

UN NAUFRAGO: LUIS MATEO DÍEZ

UN NÁUFRAGO

No puedo recordar la primera mañana de la Plaza, aunque recuerdo el mes y el año de mi llegada: abril, setenta y cuatro.
Reconocer la misma luz de los abriles posteriores, inventar un recuerdo para darle certeza a aquella mañana, no debiera costarme mucho trabajo, pero no me apetece.
Hay un náufrago en el vacío de aquellos primeros días, de aquellas mañanas que inauguran mi vida en la Plaza, y es suficiente su memoria, porque él es más importante que el tiempo más o menos deteriorado de lo que podía ser una primavera en ciernes.
El náufrago se llamaba Ángel Rodal, tenía una edad indeterminada, lo que quiere decir que era dueño de ese tiempo de los náufragos que amontona la supervivencia sin escindir los días de las noches, lo que explica que los ojos y las barbas de los náufragos miren y crezcan sin horizonte ni medida.
Ángel había naufragado en la Plaza desde la distancia de una larguísima navegación, entre trenes nocturnos, autocares de rutas inhóspitas, y el compadreo misericordioso de algunos camioneros.
Como todo náufrago cabal, ya no tenía conciencia de su origen, de la confabulación de todos los viajes que auspiciaban su aventura o su lucha por la vida, sólo tenía conciencia de su naufragio, y el pálido recuerdo que orientaba una incierta emoción de lejanías geográficas y familiares, imposibles de dirimir.
Para Ángel Rodal el naufragio, la pérdida del destino y de las ganas de seguir navegando, tenía algo de ensueño que venía a culminar la conciencia de su propia perdición.
Llegó a la Plaza, en alguna de aquellas primeras mañanas de mi primer abril, y fue la primera persona que yo conocí en ella, a la vera de la estatua de don Felipe III.
“Una buena Plaza como esta, dijo cuando tomamos el primer café, es un seguro de vida en este mar impío donde estamos los que ya no tenemos nada”.
Ese seguro es el que, tantos años después, alienta mi sensación de que cuando más peligro corro en mi existencia es cuando no estoy en la Plaza, una sensación que poco a poco ha ido convirtiendo en vicio la necesidad de estar ella.
“Mírala, decía Ángel cuando salíamos a su centro, al pie de la estatua, y encendía el pitillo, amplia y acogedora, refugio y destino”.
Refugio y destino, fueron palabras que me resbalaron en aquel momento, pero más tarde comenzaron a obsesionarme. Para Ángel me parecieron tan misteriosas como acertadas, a fin de cuentas él mismo resultaba bastante misterioso. Yo no les encontraba sentido en mi vida pero, ya digo, no tardaron mucho en obsesionarme, dada la capacidad obsesiva de que siempre hice gala y que tanto preocupa a mi familia.
Parecía lógico que Ángel Rodal falleciera en la Plaza. No tardó en confesarme la enfermedad que padecía, algo que derivaba del pulmón averiado de sus tiempos de minero, aunque no era silicótico. Aquella idea de refugio y destino auspiciaba un final en sus tan queridos soportales. El caso es que no fue así. Lo hizo en el Albergue Municipal.
Heredé su condición de náufrago, porque recordarle es asumir sin remisión esa herencia y, aunque mi destino en la Plaza es laboral, no logro evitar el refugio. Cada mañana vengo con inquietud, en ella encuentro el sosiego necesario y, según va pasando el tiempo, más trabajo me cuesta dejarla para volver a casa.

Luis Mateo Díez
(Este texto pertenece al libro inédito “BALCÓN de PIEDRA”)