viernes, 23 de febrero de 2007

Carlos Segovia: 'Receta Médica (para vivir)'

RECETA MÉDICA (para vivir)

Por Carlos Segovia (*)


Exponemos a continuación una breve prescripción médica del tratamiento más adecuado para combatir una serie de afecciones comunes, aunque no por ello menos graves, como pueden ser fracturas de cariño, hemorragias del alma, afecciones víricas asociadas a desengaños, estados febriles y patologías de la nostalgia (en distintos grados; a saber: recuerdos ad extemporáneam, recuerdos inter-temporus y recuerdos in tempore.
Todas son dolencias ciertamente preocupantes y, todos ellas carecen de una terapia plenamente eficaz en la medida de nuestras posibilidades trataremos de ayudar exponiendo una serie de consejos altamente beneficiosos.
Es conveniente llorar tres veces al día, después de cada comida, durante cinco minutos, entrar dentro del laberinto que forman las lágrimas en las mejillas y perdernos dentro de él. Secar las lágrimas con las manos, para sentirlas al tacto, calientes y afiladas, como los ciegos sienten las lágrimas de sus ojos ciegos. Si no sale una lágrima de sal, dura y seca, no debemos alarmarnos, es un buen síntoma, guardarla como amuleto para un día que vayamos al bingo. El llanto es una de las mejores terapias pero, como en todo, no es bueno abusar porque cabe el peligro de la adición crónica y supondría un grave riesgo para la felicidad posterior.
Si padecemos alguna dolencia producida por recuerdos inter-temporus debemos, tras el llanto, apretarnos el corazón con las manos, como una esponja, para expulsar aquellos residuos perjudiciales que se acumulan allí, como alcohol, nicotina, sangre coagulada o soledad, así como la arena que producen ese tipo de recuerdos y que arañan las entrañas mientras dormimos. En otros casos es, también, recomendable morir un poco, especialmente indicado para el tratamiento de los recuerdos in tempore (los más actuales).
Para ello, buscaremos, primeramente, un lugar adecuado: una alcoba antigua y fresca, la ladera de una montaña, o las alas de una gaviota en su vuelo rápido y detenido. Es preferible morir por la tarde, pero ¡cuidado!, solo un poco. Si la tarde es lluviosa podemos hacernos pequeños, pequeños como la lluvia y derramarnos sobre el suelo, derramarnos sobre las mariposas, sobre el mar, sobre nuestros propios ojos para formar el llanto que guardaremos en silencio. Si la tarde es de sangre, de calor, de plomo, intentaremos volar entre la soledad de bronce donde habitan los sueños, cerca del latido tenue de nuestra madre que es el mismo que el nuestro. Tras este ejercicio sentiremos un leve entumecimiento de la laringe que nos provocará una momentánea afonía. En tal caso simplemente intentaremos gritas varias veces la palabra ¡lobado!, al tercer o cuarto grito habremos recuperado la voz. Pero, insistimos, no es recomendable morir más de diez minutos, porque podría tener consecuencias irreversibles y nos impediría el ser felices pro anda, lo que constituye la máxima de la medicina.
Hay algunas veces que sentimos los ojos machados de atardecer, como la vida de un solo color, para ello ayuda un pequeño ejercicio de búsqueda intra-natura, que consiste en bajar los párpados manteniendo los ojos completamente abiertos, para que la luz ilumine nuestro interior buscando arañas azules, caballitos de balancín, risas olvidadas, abrazos envueltos en papel de regalo o cualquier otro tipo de ensueño. Este ejercicio está especialmente indicado para infecciones producidas por virus de los tipos D y T (Desamor y Tristezas varias), que siempre van acompañados de síntomas muy definitorios como insomnio, hablar solos, e insuficiencia respiratoria (comúnmente conocida como ‘ahogos’). Ante estos cuadros víricos prescribimos purgas de consuelo (realizadas preferentemente por profesionales), amor de agua y procurar comer siempre acompañado.
En las temporadas de frío, cuando el viento derrota hojas y silencios, es frecuente acatarrarnos de nostalgias. Para prevenirlo debemos llevar una dieta rica en luz, en cielo y en vitaminas. Las personas contagiadas que padecen, además, alguna otra afección que pueda agravar su estado, es conveniente que acudan a la consulta de algún ángel, que, al contrario de los rumores, si existen. Debemos buscarlos bien, porque no los percibimos a primera vista, ya que no tiene alas, y si tiene sexo, y muchas veces llevan una vida tan ordinaria, sorda y desangrada como la nuestra. Su experiencia y competencia nos ayudará a una pronta recuperación.
Pero hemos de concluir que todas estas premisas en muchas ocasiones no resultan plenamente eficaces.
Así ocurre en momentos en que nos duele todo: duele la cicatriz de crecer, duele la sombra, duele la espera (siempre mejor que la llegada), escuecen los labios sin ser besados. Duele el día, duele el viento que nos abriga de frío y oscuridad, duele la tierra, duelen los años blandos y arrugados como la piel. Duela la carta que todavía no hemos escrito, duelen las manos de tanto amar- entonces debemos más que nunca necesitarnos como a nuestra propia vida, porque en definitiva ‘no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad’, y entre tanto solo nos queda intentar ser felices por nada, a pesar de estos tiempos tan propicios al dolor.


Carlos Segovia, navero, del Consejo de Redacción de la revista, es licenciado en Derecho.

(Páginas 28-29 de la revista ‘Caminar Conociendo’, nº. 8 de julio del 2.000)