jueves, 22 de febrero de 2007

Zarathustra en Lacimurga camino de las Hespérides

Templo del Fuego en Irán
Zarathustra en Lacimurga camino de las Hespérides

(Dedicado a Saeid Hooshangui)

Por Antonio Escudero




Zarathustra, el del enigmático nombre, el Reformador y el Maestro, soñó que ya había penetrado en el secreto de los pueblos y quiso conocer los del Poniente, las tierras legendarias de las Hespérides. Llevado de la clave de su pensamiento, la oposición de los grandes principios, quiso saber dónde se hallaba, y si acaso existía la Fuente de la Vida. Le dijeron que se hallaba en Lacimurga, antepuerta de Tartesos la lejana, e inició la peregrinación con sus compañeros montado en un onagro blanco, embridado por una cinta dorada. Llegados a Lacimurga, fueron conducidos a la entrada de una gruta.
Zarathustra y los suyos emprendieron la exploración de las entrañas de la cueva provistos de antorchas. Pronto se sintieron los fieles del elegido de Aura Mazda, sorprendidos y atraídos por el fulgor que desprendían las paredes de la gruta, y al darse cuenta de que eran piedras preciosas se detuvieron a cogerlas y llenaron con ellas sus talegas. Fue así como se perdieron, pues su única salvación era seguir la luz que provenía del exterior, por lo que retrocedieron, y al salir comprobaron que no habían encontrado la fuente.
Zarathustra, en cambio, siguió adelante solo y llegó al final del laberinto. Al salir se halló en una verde pradera en cuyo frente una fuente vertía sus aguas de maravillosa transparencia en una alberca. Y al caer, el rumor del agua era melodioso como un salmo. Junto a la fuente, ofrecía su boca sombreada un cántaro de barro invitando a beber. Zarathustra lo llenó hasta sus bodes y cuando iba a llevárselo a sus labios un anciano detuvo sus brazos diciendo:
-¡No bebas, Maestro!; no bebas.
-¿Por qué no he de hacerlo. Acaso no es ésta el agua de nunca morir? No es buena muerte, ni perecer para siempre cayendo en los dominios de Arimán. Dime, ¿es ésta el agua de la vida inacabable?
-Sí, ella tiene la virtud de volverte inmortal, pero debes no beberla.
-Dime por qué.
-Yo la bebí hace siglos, Maestro de los Hombres, y no he muerto.
-Entonces es verdad que quien la beba hallará la vida eterna…
-Sí, es cierto. Pero yo bien no querría haberla bebido.
-¿Por qué, pues?
-Porque he visto morir a todos los que iba queriendo y me querían… Padres, hermanos, mujeres, hijos y amigos me pesan como una cadena que arrastro. ¿Para qué quiero yo la eternidad si nadie me conoce? La eternidad que pertenece al Solitario del Sinaí, sea bendito su Nombre, a quien sirvo. Los demás dioses son mentidos, creados por la angustia de los hombres necesitados de consuelo.
Comprendió Zarathustra la tristeza del anciano y la imperiosa necesidad de la muerte, y tras reemprender viaje camino de las Hespérides, la de los áureos frutos, arrojó con decisión el cántaro y allí donde el agua formó pequeño charco brotó un olivo que permanece en pie y cobija bajo su copa a los nietos de los nietos de los viejos seguidores del sabio y Maestro, que a su sombra escuchan de continuo esta misma historia de los labios de un anciano judío.

Antonio Escudero Ríos es investigador

'Caminar Conociendo', página 36 del nº 8 de julio de 2.000