martes, 17 de abril de 2007

OVIDIO PÉREZ MARTÍN: 'Huellas en la arena: poesía y poetas'


Huellas en la arena: poesía y poetas

Por Ovidio Pérez Martín


No tengo ninguna veneración por la poesía, ni por los poetas, sí un gran respeto por ser la poesía un producto que brota en lo más digno del ser humano. Este hecho, y sólo él, me produce profundo respeto porque me parece que una de las tareas más esclarecedoras para conocer al hombre y un inmejorable método de descubrimiento del mundo y de quien lo habita.
Y digo esto porque, al hablar con la mayoría de las personas sobre poetas y poesía, lo primero que hacen es esforzarse en extirpar del hombre al poeta, como si el poeta fuese un quiste extraño incrustado en algunas personas. Ocurre a diario. Para la mayoría de los hombres, el poeta es un ente que está más allá del hombre. Y la poesía es un producto más allá de lo humano, una especie de entelequia.
Con este extrañamiento, esta expulsión de la poesía y del poeta más allá de las fronteras humanas –sacudirse el poeta que todos somos, parece una afirmación de hombría o de mujerío, y no es otra cosa que un cercenamiento de de la parte más incardinada en la propia humanidad-, la mayoría de las personas quieren escamotearse a si mismos. Es decir, se dan miedo ellos mismos y ese miedo les infunde miedo de los demás. Nunca el miedo es buen consejero.
A esta concepción del poeta y de la poesía como entelequia, o como cosa situada más allá del hombre y quizás de su naturaleza, como ente que habita en el confín de lo sobrenatural, han contribuido mucho ciertos poetas que se ven así mismos levitando, fuera del mundo y sus miserias. Esa es la miseria que padecen.
Para mi el poeta y su producto el poema son esencialmente humanos, y nada humano le es ajeno. Desde este nivel de hombre y obra humana el poeta y la poesía se ponen a la distancia precisa para tratar con él y con ella como es debido. Desde esta dimensión humana, el objetivo del poeta y de la poesía, entre otra infinidad de cosas, es rastrear y traer testimonio de esa zona del mundo que está más allá de lo conocido por la ciencia. Es decir, acarrea material, testimonios, de una parte misteriosa aún, no explicada todavía por la ciencia. De aquí que resulte dificilísimo explicarlo. Por ello el lenguaje poético es tantas veces, como diría San Juan de la Cruz, ‘un no sé que queda balbuciendo’. Supremo ejemplo del ‘balbuceo’ es César Vallejo. La palabra poética está en él preñada de significados y su presión rompe a veces la estructura de la frase. Pero ¡qué poesía tan verdadera! Muchas veces el poema no puede ser claro. Solo es posible vislumbrar. Cuando el lenguaje oscuro es verdaderamente poético no es rebuscado, es el único lenguaje preciso.
La tarea del poeta es solo comparable a la de los antiguos navegantes que ponían su barco rumbo a lo desconocido, y, una vez recorrido ese continente virgen, el regreso al lenguaje, a lo convencional, hay que adivinarlo en los signos que el azar nos va enviando. No hay posibilidad de ser claro, sería una traición a la verdad, solo hay posibilidad de balbuceo. La claridad está, precisamente, en esa misteriosa evocación.
Esto último lo ilustra el poema Niños del parque de Manuel Machado que copio a continuación:


Esto es sumamente serio
Y encierra un misterio grave.
La fuente tiene un misterio:
Dice… lo que el niño sabe.
Porque él lo sabe; y, atento
A la parlera corriente,
Tiene lleno el pensamiento
Del discurso de la fuente.
Pero tú no entenderías
La voz demasiado oída.
Eso no se entiende más
Que al principio de la vida.


Esa razón tan clara de la fuente –del arroyo, del río, de la fuente- que solo puede balbucirse… Solo en su voz puede entenderse. Decía Juan Ramón Jiménez: ‘Río mío de mi huir, salido son de mis venas’ y también: -‘¡oh mar, amor!’-. Balbuceos.
Recuerdo las páginas del Diario de Colón, en los días anteriores al 12 de octubre. Son páginas que recogen los signos, insignificantes las más de las veces, que escriben en el agua o en el aire la inminencia de algo absolutamente nuevo que va a surgir de un momento a otro.


‘Lunes, 8 de octubre. Los aires muy dulces, como en abril en Sevilla, que es placer estar a ellos, tan olorosos como son. Pareció la hierba muy fresca; muchos pajaritos (de campo, y tomaron uno), que iban huyendo al sudeste, grajos y ánades y un alcatraz.
Martes, 9 de octubre. Toda la noche oyeron pasar pájaros.
Jueves, 11 de octubre. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro y un pedazo de caña, y otra hierba que nace en tierra, y un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales alegráronse todos.
El Almirante a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra. Era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba.’


He querido copiar esta larga cita porque pocas veces se han escrito palabras tan llanas con mayor carga emotiva. Al menos a esta distancia de siglos a mi me parece. Posiblemente en aquellos momentos no lo eran tanto, acosados los marineros por el deseo de llegar a la tierra lo antes posible.
La poesía es una expedición a esas geografías desconocidas, a islas que, a veces, ni siquiera existen, a lugares donde no es posible hacer pie, a estados de ánimo que, si bien muchos han experimentado, nunca han sido hollados por la escritura.
En las expediciones a esas fronteras muchos se pierden, muchos no encuentran nuevas islas, no digamos ya continentes, muchos vagabundean por territorios ya conocidos. Muchos se pierden, no hay brújula, ni sextantes, paralelos, ni meridianos. No hay agujas de marear, no hay coordenadas para la poesía. Tan solo existen las estrellas. Tan solo si encuentras en SOS apropiado, la isla donde agarrarte, la palabra que expresa esa agonía, te sientes recobrado. Al fin y al cabo la poesía no está en los versos, en la materialización de la trama de tinta. La escritura, esa parte oscura que contrasta con la blanca superficie de la página, es como la tela de araña para atrapar la poesía.
La poesía es el riesgo, esencia de la aventura, que todo expedicionario corre, encuentre mundos nuevos, viejos, se pierda, o vuelva con las manos heridas.
Y es también otro riesgo de esa aventura quedarse desnudo, a la intemperie, ante los demás, con todas las erupciones que ello provoca, acostumbrados como estamos a aparecer vestidos, profundamente convencidos de nuestra fealdad –ese sentimiento de culpa- que, casi siempre, no es otra cosa que miedo a la belleza de la verdad, a presentarse tal cual.
Otro riesgo corre el que escribe: descubrir su pensamiento y su intimidad. En una sociedad que cultiva las apariencias, que se cubre hasta quedar disfrazados -¿tanta vergüenza sienten de si mismos?- a quien se cómo es, cómo piensa, se le apunta con el dedo, a veces, con la piedra.
Sólo escriben y opinan los que sienten vergüenza de ser hombres y como tales presentarse.
Hay que escribir como quien extrae mineral de una roca. El pico, la pluma, hiere una y otra vez esa superficie absolutamente callada para extraer la palabra.
Escribir poesía, por eso es algo de mucho riesgo y la mayoría de la gente, por no creerlo, lo despachan como entelequia, y al poeta, como ovni, objeto volante no identificado. Del riesgo que supone escribir es testimonio el libro La prisión donde escribo publicado por el PEN, en el que se hace una antología de textos de escritores encarcelados. En el prólogo, Joseph Brodsky, encarcelado, exiliado y premio Nóbel, dice: ‘En el siglo XX, la reclusión de escritores se da por sentada en todo lugar. Apenas si cabe mencionar un idioma, por no halar de un país (¿acaso Noruega?), cuyos escritores hayan quedados eximidos de la práctica’. Y, entre otras cosas, añade: ‘De hecho, escribir –mejor dicho componer mentalmente- poesía formal puede recomendarse en la reclusión como una suerte de terapia, al igual que las flexiones y las duchas frías’. ‘Este libro representa una antología de llamadas de auxilio, recibidas o ignoradas durante la mayor parte del siglo por los trasatlánticos de lujo que por casualidad pasaban por la zona del naufragio’. ¿De qué manera tan frágil están hechos algunos poderosos? -¿todos quizás?-, destacando sobre los demás los dictadores, para temer a los que escriben que, si bien pueden llegar a ser tigres, son solamente tigres de papel? Pero también cabe preguntarse: ¿qué poder tiene la palabra, hablada o escrita, para hacer temblar a los poderosos hasta el punto de privar de libertad a los que la utilizan? Claro que los poderosos quisieran tener, sobre todo, para su satisfacción, autoridad sobre el pensamiento de las personas. Y aun no se ha inventado un arma para doblegar el pensamiento. Aunque sutiles y terroríficas torturas ya existen. Y aquí pido, para no ir destripándolas una a una, que recuerde cada uno aquellas que se han ido utilizando en las últimas décadas. (Unos minutos de silencio). Después del estupor que cada cual habrá sentido, sigamos.
Claro que no todos los que escriben corren riesgos, si no loquera, y terrible, el perder su propia identidad, que es encarcelarse a si mismo. Aquellos que se ponen al servicio del poder y se comportan como señoritas de compañía suelen sacarle algunas glorias y algunas monedas al señor. Migajas solamente ante el propio y atroz suicidio intermitente. Es terrible haberse suicidado y seguir vivo.

Ovidio Pérez Martín es profesor y poeta.

SACADO DE LAS PÁGINAS 14-15 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, NÚMERO 8 DE JULIO DEL 2.000

Encabeza el artículo, ilustrándolo, una pintura en blanco y negro de del pintor iraní Farokh Shahi